miércoles, 25 de noviembre de 2009

PARCIAL DE ECONOMIA POLITICA ARGENTINA. CATEDRA RICARDO ARONSKIND.


Desmenuzar críticamente el discurso de Roberto Lavagna "El caso argentino: lecciones macroeconómicas" en base a la bibliografía de la materia, las discusiones planteadas en clase y otras lecturas que consideren pertinentes.


Para responder a la consiga me parece pertinente plantear este trabajo en dos dimensiones. La primera es alude al contexto general del cual emerge el discurso de Lavagna. La segunda dimensión (divida en comentarios específicos y generales) responde a un análisis más detallado de lo enunciado en el mismo, con el objetivo de leer lo que hay en él de programa económico y que visión tiene el entonces ministro de la historia y economía argentinas.


1. Contexto general


Argentina se encuentra en el año 2002 en un momento trágicamente histórico. Está sumergida en la crisis que se desató de forma explosiva en diciembre de 2001. Esta misma fue el final de un modelo macroeconómico con enormes y evidentes problemas de sustentabilidad, pero que había logrado a la vez hipnotizar a la población argentina que era parte del juego de la convertibilidad, neutralizar a la oposición, y garantizar fabulosas ganancias al sector del capital industrial concentrado y a la banca acreedora internacional. La convertibilidad, que tempranamente se volvió un modelo de dólar barato basado en el endeudamiento externo creciente y constante, estalló por los aires por cambios que tuvieron origen en el nuevo contexto internacional. El saldo social de la sobrevaluación continua del peso fue la destrucción neta de industrias, que se reflejó tempranamente en la tasa de desocupación, el endeudamiento externo que se duplicó en menos de una década, la enajenación por parte del Estado de la enorme mayoría de sus empresas, incluso de aquellas que no trabajaban a déficit, y en general la fuerte ruptura del entramado social, aspectos que pueden rastrearse en un período de más larga data, iniciado durante la dictadura militar de 1976.

Es este momento de continua agitación social e incierto futuro económico, cuando Roberto Lavagna se vuelve ministro de economía de la gestión de Eduardo Duhalde, presidente provisional, luego de la dimisión de Fernando de la Rúa y el paso por el cargo de varias figuras del poder político nacional. La misión de Duhalde era terminar el mandato del ex presidente, a pedido de la cámara legislativa, que en un movimiento extraordinario había torcido la ley para establecer allí la fecha final del gobierno provisional. Roberto Lavagna entró a la cartera de Economía y Producción de ese gobierno, reemplazando a Remes Lenicov, en abril del 2002. Lavagna provenía del peronismo, pero había trabajado en el gobierno de Alfonsín, y cumplido funciones de embajador extraordinario y plenipotenciario frente a organismo internacionales durante el gobierno de la Alianza. Se mantendría en su nuevo cargo a lo largo de la agitada presidencia interina de Duhalde y sería confirmado allí por Néstor Kirchner, hasta ser desplazado a finales de noviembre de 2005.


El texto sobre el que trabajamos está fechado el 12 de Mayo de 2003. Lavagna se encuentra como ministro de economía del gobierno saliente y en plena campaña dentro de la fuerza que lleva por líder a Kirchner, de quién sería ministro de economía si éste ganase las elecciones. La disputa presidencial se haya entonces en segunda vuelta. Dos días más tarde, el 14 de Mayo de 2003, Menem anunciaría la baja de su candidatura, haciendo automáticamente a Kirchner “presidente de los argentinos”[1]. Es probable, aunque no se pueda afirmar con certeza, que Lavagna tuviera muy presente este posible desenlace. Pensar en estos términos nos permite pensar el texto tanto como una proclama electoral, así como un diseño de las intenciones en política económica de largo plazo. En general la tónica del mismo es la de una fuerte revisión de ciertos “errores” de los años noventa, y las dimensiones que deberán ser consideradas en el futuro para no repetirlos.

2. Análisis del texto

a. Comentarios específicos

La misma noción de “lección” que atraviesa el texto es un tanto “tramposa”. En realidad, la idea de que se intenta algo y se comete un error, esconde la posibilidad verídica de que aquel que actúa pueda querer provocar las consecuencias que provoca. Entonces no se trata de un error, sino de una práctica consecuente con las creencias y los intereses del actor. Es probable que Lavagna tuviera esto en mente, pero mantuviera las formas en pos de no provocar reacciones indeseadas en los agentes que atacados en su análisis. Esto no lo dispensará de hacer impugnaciones duras a sectores que él considera representativos de la política de sobrevaluación y endeudamiento de los años noventa.

Lavagna comienza haciendo una revisión de la política cambiaria del peso sobrevaluado, asegurando que caracterizó a 17 años de los últimos 27. No se refiere a que los últimos 17 años fueron de peso sobrevaluado. Para dejar clara la idea, sostiene que existieron dos tramos donde primó esta política cambiaria y que fueron “la tablita” de Martínez de Hoz y la convertibilidad. Inmediatamente, afirma que allí debe buscarse el origen de la tragedia, ya que el peso sobrevaluado es igual a la acumulación de déficit y deuda externa, que terminan en recesión económica generalizada. De allí que las políticas a adoptar tienen que aprender de este error. El texto desliza entonces la idea de que la “Estabilización, Normalización y Recuperación” (nombre de un programa que aparentemente nunca fue lanzado públicamente de ese modo) vienen por el manejo de la política cambiaria, es decir, colocar el valor del peso en torno a una cifra que permita el “crecimiento sustentable”. Aquí no hay dudas de que lo que Lavagna está tratando de hacer es mostrar cómo la salida forzada del régimen de la convertibilidad ha sido, en realidad, una decisión política evaluada y fundamentada. Muy distinto de lo que en realidad aconteció[2].

Luego de esta introducción general, se pasa a las “lecciones” extraídas de la experiencia pasada.

La primera lección busca arreglar las cuentas con los defensores acérrimos de lo que alguna vez fue identificado como “la patria financiera”. Lavagna sostiene que se puede manejar la economía con éxito prescindiendo de los flujos financieros, y que su eventual reducción no es inmediatamente perjudicial. De hecho, correlaciona los momentos de crisis con los momentos de “plata dulce”, auge del dinero en disponibilidad, dispuesto a ser prestado sin hacer muchas preguntas o mucho estudio del caso. Se trata de combatir la idea de que Argentina se viene abajo por la salida de capitales financieros y que la tarea, entonces es la de retener a toda costa a éstos capitales. En realidad, el flujo de éstos capitales mayormente especulativos es una condición de posibilidad para las “fantasías macroeconómicas”[3]. Esta es una fuerte lección de la década del noventa, que en boca de un ministro es también una declaración de guerra contra fuertes intereses generados durante ese período, que aun entonces (y hoy en día) mantienen vigencia. Llega luego de que Argentina se ha descartado de la enorme mayoría de las empresas públicas que podía comercializar, de que se hace evidente que no podía afrontar su endeudamiento externo, no podía ni siquiera mantener una mínima confianza en su moneda nacional, debió retener por la fuerza los depósitos de los pequeños ahorristas para rescatar a la banca privada, pesificar deudas privadas asumiendo los costos, y entrar en default con buena parte de la banca acreedora extranjera. En otras palabras, es un momento donde la batalla por saquear al país ha sido complemente ganada por los grupos económicos que juegan en el mercado financiero. ¿Significa esto que Lavagna no está confrontando con nadie al lanzar esta “lección”? Difícilmente sea ese el caso. Un ejemplo de la batalla que Lavagna esta llevando contra la banca acreedora se demuestra en las tensiones que genera la presencia de Mario Blejer en el BCRA durante todo 2002, que termina con la dimisión de éste último[4].

La lección general dentro de ésta “lección” específica, es que se deben tomar los recaudos y controles necesarios para la “sustentabilidad” de los programas económicos en los momentos en que existe mucho dinero disponible. En otras palabras, Lavagna parece estar hablando de la necesidad de controlar los flujos de capital, idea que constituye una ignominia a toda la escuela del neoliberalismo. Finalmente, Lavagna extrae cuatro políticas que conducirían a mantener la “sustentabilidad” del programa económico. Las primeras dos pueden reducirse a “restarle importancia al financiamiento externo, en beneficio del interno”. Aunque no está justificado, se desprende que esto daría mayor capacidad de control al Estado Nacional sobre el comportamiento del crédito. La segunda alude a la inversión extranjera directa, a la cual, según el entonces ministro, habría que darle “más importancia”. Es al menos ambiguo sostener que hay que levantar la inversión extranjera directa, ya que de lo que se trata es de ver hacia dónde se dirige esa inversión. Durante los años noventa, la inversión extranjera directa estuvo dedicada casi exclusivamente a la compra de empresas que ya se encontraban en funcionamiento, como en los casos de las empresas públicas privatizadas, y a empresas privadas que fueron absorbidas por el capital extranjero. Los últimos dos puntos están fuertemente emparentados, y sostienen que se debe mantener el equilibrio fiscal a toda costa, y en rechazo de las políticas de endeudamiento constante.

La segunda lección que saca Lavagna hace alusión a la imposibilidad de mantener bajo formas jurídicas programas que no son económicamente sustentables. Por más normas y regulaciones, si las instituciones van a contrapelo de la economía, aquellas -y todo el sistema - se derrumban. La lección entera parece preñada de los años noventa, y a pesar de que Lavagna enumera algunos ejemplos cualitativamente distintos (por caso, la convertibilidad –tipo de cambio- y la ley de déficit cero –situación fiscal-), parece que todo gira entorno al problema de la lección primera, es decir, la paridad cambiaria con el dólar, el peso sobrevaluado.

La tercera lección es una profundización de estos puntos realizados anteriormente, y se divide en seis partes. La primera de éstas sostiene básicamente que no conviene a un país tener el precio de su moneda muy lejos del de sus socios comerciales. Nuevamente Lavagna está poniendo el énfasis en la sobrevaluación como causa de todos los males económicos argentinos, pero en éste caso sosteniendo que el tipo de cambio debe mantener un cierto nivel de flexibilidad para adoptarse a los cambios eventuales a nivel mundial. Identifica, en éste punto, a los problemas de la convertibilidad como los contantes realineamientos del tipo de cambio real, “la volatilidad de los flujos de capitales financieros” y la inexistencia de una apertura comercial “real” y “relevante a nuestros intereses”. La consecuencia de éste desequilibrio macroeconómico fue que, para sostener la convertibilidad, se tuvo que recurrir al permanente endeudamiento externo.

La segunda parte de ésta tercera lección es de carácter más bien técnico. Constituye una crítica a los criterios del Tratado de Maastrich según los cuales la relación deuda / PIB, puede indicar algo sobre la situación macroeconómica general. Lavagna advierte sobre éstos artilugios de la medición para sostener que “la verdad es más compleja”. No se detiene a explorar las complejidades de la verdad, aunque si castiga a los colocadores financieros por su optimismo ingenuo en torno a la situación macroeconómica general de los años noventa.

La tercer subsección constituye un llamado de atención sobre la fragilidad que genera en el sistema financiero el que exista financiamiento en dólares a actividades que recaudan exclusivamente en pesos. Concretamente se refiere a las empresas de servicios públicos privatizadas, y lo hace en un contexto donde la discusión sobre el aumento tarifario está a la orden del día. Desde finales de 2002 se había entrado en una disputa entre el Ministerio de Economía, que autorizó e impulsó el aumento de las tarifas públicas para la luz (9%) y el gas (7%), y la Justicia, que frenó los aumentos en cuatro oportunidades[5]. Finalmente se llevaron a cabo. El problema del mismaching de monedas podría ser visto dentro de un problema macroeconómico mayor, es decir, la dolarización de la economía. La “dolarización contractual”, según indica Rapetti, hacía esperable que una transformación abrupta del tipo de cambio conllevase la ruptura contractual generalizada, y generase enormes problemas a la banca privada y al Estado para afrontar los vencimientos de deuda[6]. La dolarización de la economía constituyó una especie de candado de seguridad para la salida menos abrupta del régimen de convertibilidad. Más adelante veremos que esto tuvo graves consecuencias para el grueso de la población.

El cuarto ítem alude al peso que tiene la necesidad de financiamiento por parte del sector público, que pretendidamente limitaría las posibilidades de financiamiento al sector privado, ya que canalizaría todo el dinero disponible hacía sí (“crowding out”). Por ello Lavagna deduce que el crédito muy centralizado por el Estado es sinónimo de “fragilidad potencial del sistema”. En términos generales es concebible la situación según la cual el sector público traccione el crédito a su favor, aunque parece algo ingenuo plantear que ésta fue la situación de la década del noventa, cuando se sabe que el crédito tomado durante esos años, muy superior siempre a los devuelto, fue direccionado hacía ciertos sectores del capital concretado en forma de subsidios, o para el mantenimiento de régimen de la convertibilidad. En otras palabras, el problema no era el endeudamiento público sino su origen[7].

El punto cinco, dentro de la lección tercera, está fuertemente imbuido de una discusión que comienza a gestarse por aquellos meses de 2003. En realidad, su contexto específico es el intento de acuerdo con el FMI en torno al pago de deuda. Así también el punto seis estará fuertemente a tono con esta discusión. Básicamente, Lavagna intenta repartir el costo político que significará la quita a los bonos de deuda privados tenidos por el público general. La estrategia será la de denunciar a los “colocadores locales e internacionales” de descargar el riesgo de sus inversiones en Argentina, mediante la venta generalizada de bonos a un público que desconocía los riesgos de la inversión que estaba realizando. Así, denuncia que la credibilidad de éstos negociadores intermedios se encuentra comprometida. Este aspecto es absolutamente cierto y permitirá a Lavagna preparar el terreno para que el costo político de la fabulosa quita, que se realizará en el año 2005, no sea asumido exclusivamente por el Ejecutivo nacional. En ella están comprometidos el fondo monetario y la banca privada internacional.

Pero su embestida contra el capital financiero no se limita a éstas denuncias. El punto siguiente es la discusión en torno a cómo justificar el nombramiento del fondo monetario como “acreedor privilegiado”, título que lo pondera por delante de todos los acreedores al momento de cobrar una deuda. Lavagna sostiene que existen dos justificativos para éste nombramiento. El primero es de tipo económico: el FMI cobra menores tasas de interés y libera dinero más establemente. El segundo es de tipo político, y tiene un tono de “agradecimiento”. Se explica que el FMI actuó en el pasado como prestamista de última instancia, es decir, salió al rescate cuando existieron “crisis de solvencia y liquidez”. Esto último, permitió repartir las pérdidas de las entidades privadas. Sin embargo, Lavagna toma una posición opuesta a éstos planteos, sosteniendo que el propio FMI tuvo un rol pro-cíclico en la crisis argentina, no sólo se negó a desembolsar dinero, sino que presionó para que los vencimientos fueran cumplidos en el momento en que Argentina atravesaba su peor crisis histórica. Resulta complejo, sin embargo, distinguir si se trata de una fachada o de si efectivamente existió una disputa en torno al nombramiento del FMI como “acreedor privilegiado” (mérito que no sólo obliga al Estado a anteponer los vencimiento con el FMI ante cualquier otro tipo, sino que constituye una renuncia a negociar quitas sobre los préstamos del organismo). Lo cierto es que el nombramiento permanecerá hasta que la deuda con el FMI se cancele íntegramente.

Finalmente, la cuarta lección general de Lavagna es una proclama de carácter nacionalista, a la vez que una reafirmación en el contexto del acuerdo con el fondo monetario. Lavagna sostiene que la propiedad (se entiende, autóctona, nacional) de las políticas económicas y la decisión de cuando aplicarlas son factores preciosos para su éxito. La afirmación es un paso más en la disputa contra la ortodoxia, y tiene más el tono de un canto de victoria, más que el de una discusión técnica. La idea general que arroja es la de que no existen políticas económicas de manual, o al menos, no resultan exitosas al ser aplicadas sin conocer el medio. Finalmente, comparte la opinión que también es enunciada por Lousteau y Fraga –curiosamente el primero será ministro de economía de Kirchner, y el segundo candidato de Lavagna-, según el cual las “reformas estructurales” nunca serán soluciones mágicas a problemas de fondo, pero lo hace ante las presiones del FMI para empujar la privatización de la banca pública, medida que tenía el visto bueno del ministro.

La proclama concluye con una exaltación de la posibilidad de estabilizar y normalizar la economía sin el visto bueno del FMI, con el cual las discusiones en torno a un acuerdo se dilataron durante más de un año. Como hemos visto, todo el texto parece que tiene un solo destinatario: el fondo monetario y sus representantes vernáculos, la ortodoxia liberal. Es una crítica “interna”, de alguien que reconoce el carácter legítimo de la deuda y no explora sus orígenes específicos, sino más bien que reprende la ingenuidad o complicidad con el malgasto del erario público, pero que tampoco está dispuesto a realizar ajustes recesivos aún más profundos, como los que demandaba el fondo durante esa disputa.

b. Comentarios generales al texto de Lavagna

Existen un número de apreciaciones que surgen en torno a lo sostenido por Lavagna en aquel momento. Por un lado, es innegable que existe una disputa a nivel de sectores de la burguesía, aunque en 2003 es difícil precisar posiciones claras, debido a los reacomodamientos que genera la crisis. Se podría pensar el período como un momento de alianzas en formación, luego de la descomposición anterior. Lavagna identifica como enemigo al capital financiero internacional, y centra sus críticas en el policía financiero a nivel mundial, el FMI, organismo con el cual se encontraba en una clara disputa por la “salida” que se le daría a la crisis. Por otra parte, el gobierno de Kirchner jamás llegará a un choque frontal con el FMI. Más bien es el gobierno que más paga y que mejor lo hace, habiendo cumplido casi la totalidad de sus vencimientos, y cancelado la deuda de antemano, a tono con otros países del mundo[8]. Sin embargo, es innegable que existe un cierto tono dentro del discurso de Lavagna que alude a un “arreglar las cuentas con el capital financiero”. En esta discusión aporta el hecho de que el punto de vista según el cual las crisis son impulsadas por la entrada y salida masiva de capitales, ha sido refrendado en múltiples investigaciones[9].

Decimos entonces que el gobierno de Kichner tuvo una fuerte disputa discursiva con el FMI, pero que cumplió con sus obligaciones, e incluso acordó metas fiscales que alcanzó con mucho éxito. Esta dimensión no escapa a ningún analista, aunque existen diferentes apreciaciones en torno a la misma. Mi opinión es que la mayor continuidad entre el gobierno kirchnerista y el la convertibilidad no se encuentra en su relación con el capital financiero, sino en la estructura impositiva sumamente regresiva, que es fundamento de la capacidad de pago. Lavagna hace total omisión de éste tema en su escrito. Sin embargo, sabemos que el superávit fiscal que, junto al comercial, distingue al gobierno de Kirchner se encuentra basado fuertemente en el impuesto directo al consumo, el impuesto al cheque, y en las retenciones, factor nuevo de recaudación, que todos los autores entienden (al menos para 2003), se mantienen en un nivel mucho menores del que podrían alcanzar sin perjudicar a la burguesía exportadora[10]. Es sobre ésta estructura impositiva, que refrenda la desigualdad social crónica, que el Estado argentino dispone de reservas adquiridas parcialmente para poder cumplir con los compromisos externos. Esta continuidad es aceptada incluso por autores que pretenden ver más rupturas que continuidades entre los “modelos”. Fabián Amicó, por ejemplo, sostiene que “el proceso de acumulación (de dólar alto) transcurre por carriles bien distintos de los conocidos en los noventa”, pero “el modelo actual parece consolidar una distribución de ingresos fuertemente inequitativa”[11]. Es impensable el desempeño macroeconómico argentino del año 2003 sin la trágica situación social sobre la que se erige, donde el tremendo abaratamiento de la fuerza de trabajo es base para la competitividad de los bienes exportables[12], y la estructura impositiva que castiga al consumo es fuente principal de la recaudación. Sin embargo, el tema de la desigualdad social no aparece en el texto de Lavagna, ni siquiera bajo la forma de las expectativas del ministro respecto del progreso del salario real. Aparentemente no hay “lecciones” que sacar en torno a éste tema.

Existen otros silencios en el texto, pero tienen una explicación política. Nuestra hipótesis es que Lavagna no señala como problema los fabulosos giros que un parte del capital industrial concentrado interno realizó al exterior a lo largo de la década del noventa, no por desconocimiento, sino por no ir contra el propio poder que los sustenta. Una línea fuerte de continuidad entre la década de los noventa y el gobierno devaluacionista se encuentra en algunos de sus beneficiarios. Sevares enfatiza este punto, al explicar que el gobierno de Duhalde cedió ante las presiones del sector de capital industrial concentrado:

“Ni bien comenzó su gestión, el Gobierno comenzó a recibir fuertes presiones del establishment económico para que el Estado se hiciera cargo totalmente de los costos de la devaluación, al mismo tiempo que rechazaban controles de precios, retenciones a las exportaciones, aumentos de sueldos, o cualquier tipo de actitud heretodoxa. (…) Muy rápidamente fue cediendo a éstas presiones”[13]

Una de las luchas más fuertes fue la de la pesificación asimétrica, que implicó enormes transferencias de dinero desde el Estado Nacional a los grupos económicos endeudados en dólares, entre cuyos beneficiarios estaban Pérez Compac, Repsol-YPF, y Telecom Argentina, sectores de rentabilidad extraordinaria durante la década del noventa, y que enviaron remesas al exterior durante todo el período (las últimas dos son empresas privatizadas).[14] Estas empresas fueron literalmente subsidiadas por el Estado al licuárseles su pasivo en dólares, medida sólo comparable con la nacionalización de la deuda privada en 1982, pero inserta en una lógica constante de transferencias desde el Estado al sector privado, que cobra la forma de subsidios y sobreprecios[15].

En la visión de manual, la devaluación, que disminuye el valor de la moneda local, implica una transferencia de recursos de ciertos sectores de la economía hacia sectores que producen bienes exportables. En Argentina es un disparador para las exportaciones agropecuarias, las de origen agroindustrial y las industriales. Las primeras basadas en la fertilidad natural de la tierra, potenciada por las aplicaciones tecnológicas como la semilla Monsanto y el glifosato. La segunda basada en la misma ventaja comparativa, sumada a los bajos niveles salariales. La tercera sustentada sobre estos últimos. Las tres siendo potenciadas por las constantes transferencias de ingresos que realizar el Estado hacia los distintos sectores, que pueden tomar la forma de subsidios directos, o de desarrollos tecnológicos entregados al sector privado (es el caso del INTA). La devaluación, al reducir el poder adquisitivo de la moneda local, golpea directamente las importaciones, al tiempo que reduce el mercado interno. Una devaluación del modo que se llevó adelante en Argentina en 2002 es un ajuste profundamente recesivo. No es otra cosa que la fórmula del shock recesivo propugnada por toda escuela liberal. De allí se explica superávit fiscal y comercial que el país obtiene, ya que se reducen las importaciones, se comienza a exportar fabulosamente, pero manteniendo una estructura impositiva regresiva, lo que hace que el consumo se estratifique aún más profundamente. Finalmente, la inflación produce constantes caídas del salario real, hasta que la nueva estructura de precios relativos se estabiliza relativamente. Y la propia devaluación, en un primer momento, la devaluación agrava el problema fiscal y productivo[16].

Existe otra omisión en texto de Lavagna que resulta significativa. La noción que maneja el entonces ministro es la de “crecimiento”, que aparece una vez bajo la fórmula de “crecimiento sustentable”. Si bien la idea de “crecimiento sustentable” está enunciada, no se encuentra desarrollada. Del texto se desprende que Lavagna esta pensando en una política económica que pueda mantenerse en el tiempo y no éste basada en una “fantasía macroeconómica”, es decir, en el disfrute de dinero sin contrapartidas en la producción de riqueza material. Este concepto de “crecimiento sustentable” es apenas un mal substituto de la noción de “desarrollo”. Creo que Lavagna utiliza la noción de crecimiento porque sabe que su modelo esta erigido sobre fuertes limitaciones estructurales para el “desarrollo humano”, es decir, destinar partidas presupuestarias a la educación, la salud, etc. Tampoco utiliza la noción de “desarrollo” en el sentido más afín a los economistas, es decir, como crecimiento basado en la creación autóctona de tecnologías, la especialización en nichos de mercado, etc. Este discurso tampoco será propio del gobierno a venir. La idea general es que Argentina crezca con cierta continuidad, y este crecimiento llevará aparejada una mejora en los indicadores sociales. Muchos analistas comparten esta noción, tal vez desconociendo el desapego posible entre el crecimiento de un país y las mejoras de indicadores cruciales, como la tasa de desocupación. El acento durante el texto de Lavagna está puesto en la necesidad de otra política cambiaria, al punto que parece que todo el programa económico gira en torno del peso devaluado como respuesta a todos los problemas y piedra angular del “modelo”[17]. El gobierno, a diferencia de lo que opinan Lousteau y Fraga[18], no tiene a éstas alturas un programa económico claro, con objetivos definidos y formas de alcanzarlos, y si lo tiene, jamás lo hizo público.

Respecto a las lecturas de fondo sobre lo que aconteció en Argentina con el traspaso del régimen de convertibilidad a la devaluación, Sevares parece sostener que los cambios constituyen un “reciclaje” del modelo neoliberal. Si bien no es una hipótesis explicitada por él en el desarrollo del texto, existen elementos que permitirían mantener esta visión. Por ejemplo, la continuidad en las medidas que favorecen al capital concentrado interno, ya sea en términos de subsidios directos, o en forma indirecta. Asimismo, el autor sostiene que “la devaluación no cambia factores cruciales para la competitividad como la productividad de las plantas ni la eficiencia de los sistemas de distribución o de promoción de los productos locales en el exterior”. Es cierto que el texto está escrito aún sobre los hechos recientes. No conoce el desempeño económico de Argentina del año 2003, ni el gobierno kircherista, ni el “crecimiento a tasas chinas”, ni la “crisis del campo”. Esto tal vez lo lleve a precipitarse sobre las similitudes del gobierno de Duhalde con los gobiernos de la convertibilidad. Sin embargo, es importante rescatar que la continuidad entre estos gobiernos, como expresamos más arriba, viene dada por la estructura de desigualdad social permanente sobre la que se erige la apropiación de riqueza en Argentina. Sevares parece entender tempranamente ésta dimensión, tal como lo hacen otros autores, además de que caracteriza correctamente a los beneficiarios del gobierno de Duhalde, y nos permite pensar por qué hay ciertas cosas que simplemente no pueden aparecer en el discurso de Lavagna, ya que sería ir contra el propio poder que lo sustenta, en un momento de convulsión política elevada.

La visión de Katz, por otra parte, es bastante posterior (2007), lo que le permite considerar otras dimensiones y ver el desempeño de los gobiernos “de dólar alto” al mediano plazo. Su análisis lo conduce a decir que se trata de un “neodesarollismo”: un modelo que combina el pago a los acreedores externos, con incentivos para el desarrollo industrial, manteniendo a raya el aumento del salario real, y con políticas “tibias” (intermedias) hacía las empresas privatizadas, que son reguladas pero no re estatizadas, ya que de lo que se trata es de generar negocios para el capital industrial[19]. El análisis de las contradicciones que realiza, lo lleva a distinguir seis contradicciones que asolan al “modelo”: “el rebrote de la inflación, estrechez de la inversión, vulnerabilidad energética, gravitación del endeudamiento, restricción crediticia, y primarización del comercio exterior”[20]. El “modelo” instalado desde el 2002 se trata de un “ensayo neodesarrollista”, que le devuelve centralidad al agro capitalismo exportador, y le resta importancia a la especulación financiera y el beneficio bancario. En torno al tema de nuestro trabajo es interesante resaltar que Katz caracteriza la política económica de Lavagna como “keynesianismo pasivo”, es decir, combinación de ortodoxia fiscal y monetaria con heterodoxia industrialista. Según Katz, la política económica estuvo dirigida hacia los grupos económicos que salieron fuertes de la crisis, sector que comprende empresas nacionales internacionalizadas y grandes empresas extranjeras. En este punto tengo acuerdo total con el economista del EDI, aunque difícilmente pueda compartir el mote de “neodesarollismo”. Más bien el autor confunda la idea del desarrollo con la noción más estrecha de industrialismo, o industrialización. Si bien el desarrollo está ligado al surgimiento de una industria autosustentada y en constante crecimiento, el desempeño de la misma tiene que mejorar a la par de los indicadores sociales generales. De otra manera, difícilmente se trate de desarrollo. Es posible que Katz esté pensando que tal combinación es virtualmente imposible. La mayoría de los autores de la cátedra coinciden en que el punto de partida del modelo devaluacionista es la caída del salario real. Un techo al salario real constituye la condición de posibilidad de la continuidad del modelo, independientemente de que la riqueza provenga de otras vías en comparación con los años noventa. Esto además, no es un problema netamente kirchnerista, es un problema del capitalismo, que no puede garantizar la reproducción normal de la población mundial, ni tampoco de la nacional.





[1] El hecho de que Menem se baje del Ballotage ante los malos resultados que arrojaban las encuestas hace que Terragno vea en la forma de hacer política que conducirá Kirchner de allí adelante sea la del “consenso negativo”, en otras palabras, el mal menor. Ver Terragno

[2] La salida de la convertibilidad no fue una decisión política, sino que fue una necesidad provocada por el fin del financiamiento al modelo de la sobrevaluación, que cobró la forma de una crisis social generalizada, y la devaluación de la moneda. Esto puede verse hasta en el hecho de que muchos de los que condujeron el proceso devaluacionista eran fuertes defensores de la convertibilidad. Es el caso de Remes, y también es el caso de Kirchner (Ver Terragno, “La simulación”. Capítulo 5 “Hipersimulación”, ed. Planeta, Buenos Aires, 2006.). Las causas de éste final abrupto serán tratadas más adelante.

[3] Ricardo Aronskind parece compartir esta opinión “En la mayoría de los casos en los que se presentaron crisis en la última década y media, la secuencia económica parece haberse repetido: el ingreso de capitales externos provocó 3 o 4 años de euforia económica, debido a la suba de los valores de las acciones, de los títulos públicos y de la propiedad inmobiliaria, lo que creó un “efecto riqueza” desvinculado de cualquier logro productivo concreto”. “El riesgo País”, Ed. Capital Cultural, 2005.

[4] http://www.clarin.com/diario/2002/06/22/e-00403.htm

[5] Ver http://www.clarin.com/diario/2003/03/23/-e-03801.htm El ajuste era también una medida reclama por el FMI, aunque al realizarse se hizo por debajo de las cifradas demandadas por el organismo internacional.

[6] Rapetti, M.; “La Macroeconomía Argentina durante la Post-convertibilidad: Evolución, Debates y Perspectivas”, Policy Paper 5, Economics Working Group, Observatorio Argentina, Octubre de 2005, p. 6.

[7] Sobre éste tema ver Basualdo, E. M.; “Acerca de la naturaleza de la deuda externa y la definición de una estrategia política”, FLACSO/Editorial UNQUI /Página 12, Colección Economía Política Argentina, Bs. As, 2000

[8] Cierta lectura algo paranoica podría conducir a ver en esto un arreglo político, del tipo “vos me pagas y yo te dejo quedar como un héroe público en tu país”, es el caso de Terragno, op. Cit. Capítulo 5.

[9] Es el caso de Chudnovsky, López y Pupato, en “Las recientes crisis sistémicas en países emergentes: las peculiaridades del caso argentino” donde señalan que las ocho crisis estudiadas se inician con la salida masiva de capitales (el “fly to quality” de la economía liberal). Los autores ven en la los condicionamientos internos para la crisis en Argentina el grave desequilibrio presente en las variables fundamentales de la macroeconomía. En esto la coincidencia con Lavagna es fuerte. Ver Chudnovsky, D., López, A. Y, Pupato, G; “Las recientes crisis sistémicas en países emergentes: las peculiaridades del caso argentino”, en Bruno, C. y, Chudnovsky, D. (comps.), ¿Por qué sucedió? Las causas económicas de la reciente crisis argentina, Bs. As, Siglo XXI – CENIT; 2003.

[10] Esto no significa que las entidades que representan al “capital agrario” no se hayan levantado en armas contra las retenciones aplicadas primero por Duhalde y luego por Kirchner. La puja por el nivel de las retenciones surge en el año 2002 y se mantiene latente desde entonces, hasta hacer explosiva aparición en 2008.

[11] Amicó, Fabián “Sobre las diferencias entre el actual modelo de dólar alto y la convertibilidad”, Anuario EDI, N.3, Ediciones Luxemburg, 2007. Bastardillas nuestras.

[12] Entre 2003 y 2007 Argentina no sólo exportó bienes de origen agroindustrial, o bienes primarios, sino que sus exportaciones industriales alcanzaron los 9000 millones de dólares. En 2007 Argentina acumulaba un superávit comercial de 11.000 millones de US$. Ver Schvarzer, Jorge; D'Onghia, Maximiliano, Las exportaciones industriales hacia América Latina. Dinamismo fabril y constitución de un mercado. Centro de Estudios de la Situación y Perspectivas de la Argentina. Buenos Aires: CESPA, julio 2008.

[13] Sevares, J. “Por qué cayó la Argentina – Imposición, crisis y reciclaje del orden neoliberal” p. 324, Editorial Norma, Buenos Aires, 2002.

[14] Ídem.

[15] El origen de estas transferencias esta en la renta diferencial de la tierra. “Argentina: acumulación de capital, formas políticas y la determinación de la clase obrera como sujeto histórico”, Juan Iñigo Carrera, CICP.

[16] Sevares, op. Cit. P.322.

[17] Una lectura en ésta dirección se encuentra en “Debate - Las consecuencias económicas del Sr. Lavagna. Dilemas de un país devaluado”, Augusto Costa, Axel Kicillof, Cecilia Nahón, revista Realidad Económica 203, 2006.

[18] Luosteau y Fraga, op. Cit.

[19] Claudio Katz, “El giro de la economía argentina”, disponible en http://lahaine.org/b2-img/katzgiro.pdf

[20] Katz, op cit. Pág 16.